martes, 16 de diciembre de 2014

Independencia... ¿de quién?



En el imaginario popular socialista, la promesa / “boutade” de “Tenemos Patria” está estrechamente vinculada con otro candidato a disparate: la “independencia”.
Y no es que el tema sea baladí, no. La Independencia del Imperio Español fue extremadamente importante para Venezuela y para todas las colonias. Pero el sistema colonial casi ha desaparecido del escenario mundial.
Persisten, sí, algunas regiones cuya población, o al menos una parte de ella, ha declarado su voluntad de separarse del país al que actualmente pertenecen (Cataluña, País Vasco, Quebec, Chechenia, ¿Irlanda?, ¿Escocia?, la Padania). Subsisten también algunos remanentes puntuales del viejo mundo, difícilmente “etiquetables”, como las Islas Canarias, Gibraltar, Curacao, Hawai, las Seychelles, Palestina o el Sahara Occidental. Los demás países del mundo son, en principio, soberanos e “independientes”. Venezuela entre ellos, sin duda alguna. Y hoy, antes de reclamar o proclamar inciertas “independencias”, sería razonable hacer el ejercicio de precisar de qué independencia estamos hablando. Cuánta independencia queremos. Cuánta podemos y debemos tener. Y, por último pero no menos importante, cuánta independencia estamos consiguiendo.
¿Puede ser “independiente” un niño que vive con sus padres? Casi todos estamos de acuerdo en que no es así. Pero… ¿Y un joven, mayor de edad, con ideas, amistades e intereses propios? En este segundo caso, es lógico y natural que desee y reclame un cierto grado de libertad y autonomía. Pero asumámoslo: no será “independiente” hasta que “no dependa” de nadie. Así de claro.
¿Y qué pasa con un adulto? Pasa que depende de su empleo, claro. O de la marcha de sus negocios. O del Estado. En cierta medida, depende del horario de las tiendas. Y del de sus vecinos. Y de la potencia de los equipos de sonido de estos. Depende de sistema legal e impositivo. De la marcha de la economía. De las decisiones gubernamentales. De la inflación. Y depende de sus compromisos. Todos dependemos de todos en una sociedad. En cualquier sociedad.
Así, en el concierto de las naciones, en pleno siglo XXI, no existen naciones “independientes”. Es decir, naciones que “no dependan” de nadie. En mayor o menor medida, las naciones dependen de los países a los que compran y venden sus productos. De las naciones con las que han firmado tratados comerciales, militares, culturales, turísticos. De todos los países con los mantienen relaciones diplomáticas y más aún de aquellos con los que han suscrito pactos regionales o subregionales. Todos los países europeos, por ejemplo, dependen de los demás países del área. Y de la OTAN. Y de la ONU. Y de Estados Unidos. Y de los países del Magreb. Y de todos los países de la cuenta mediterránea. Y de Rusia. Y de China. Y del resto del mundo.
Si un país —por las razones que sea— considera que su nivel de dependencia de algún país o grupo de países es mayor de lo recomendable, lo único razonable es reducir los elementos que la conforman.
¿Queremos, por “a” o por “b”, depender menos de Estados Unidos? Debemos reducir, entonces, el volumen de importaciones de ese país (sustituyéndolas por productos de otro origen, de calidades y precios competitivos), buscar otros compradores para nuestros productos (“nuestro producto”, deberíamos decir. Porque sólo tenemos petróleo). Compradores que compren las mismas o mayores cantidades, a los mismos o a mejores precios, por supuesto. Reemplazar la tecnología que nos llega de ese país por otra del mismo nivel (¿?). Sustituir los productos comunicacionales procedentes de ese país, películas, video juegos, series de televisión, revistas, páginas web, comics. Y convencer a nuestros ciudadanos de no visitar Miami o Nueva York cada vez que pueden. Entonces, sólo entonces, habremos reducido nuestra dependencia de USA.
Pero no hemos hecho nada de eso. Nos hemos limitado a insultar a nuestros vecinos del norte, convencidos de que una actitud altanera y chulesca, es suficiente prueba de independencia. Y por otro lado, sin solucionar ninguno de los elementos de dependencia de USA, hemos tejido una sólida red de dependencia de China y Cuba. La primera, por razones estrictamente económicas, en una clara situación de desventaja negociadora, en condiciones mucho menos ventajosas y seguras que las que nos ofrecía el gigante del norte. La segunda, en un acto de genuflexión ideológica absolutamente injustificable e imperdonable.
Hoy somos más dependientes que nunca. Y no nos queda mucha patria, sospecho.

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